UN ACUERDO QUE NO REPARA

Todos recordamos cuando un grupo de manifestantes exaltados ingresó por la fuerza a dependencias del Congreso e interrumpió violentamente una sesión a la que asistía el entonces ministro de Educación, Felipe Bulnes. Este acto fue repudiado, en su momento, por todos los sectores. -No por el contenido del mensaje de quienes realizaron la toma, sino por el total desprecio por las instituciones democráticas y por la falta de oportunidad de la acción. Los activistas fueron detenidos y la fiscalía inició una investigación. Al mismo tiempo, el Gobierno se querelló, pues consideró que la toma así lo ameritaba. 

Este proceso judicial terminó, la semana pasada, con un acuerdo reparatorio consistente en que los agresores se obligaron a hacer campañas de difusión de la propuesta de asamblea constituyente. Este acuerdo alcanzado por la fiscalía y la defensa de los imputados fue aprobado por el juez de garantía.

En mi opinión hace mucho que en Chile no ocurría algo de tanta gravedad institucional, no sólo porque en este caso el sistema de justicia, a través del juez y del fiscal respectivos, asumió una posición política de naturaleza partidista, sino porque se validó formalmente la promoción de una propuesta de quiebre institucional.

No soy abogada, por lo que me permito hablar desde el sentido común más que desde el conocimiento técnico, pero como ciudadana entiendo que si alguien ha cometido un acto ilícito y el sistema de persecución penal contempla la alternativa de que la sociedad y el imputado se ahorren un juicio a través de un acuerdo reparatorio, precisamente lo que se busca en una reparación social y, si corresponde, de la víctima. No corresponde una reparación si no se reconoce la existencia de un daño injusto; en este caso lo que aparece como obvio es que lo que los manifestantes que irrumpieron por la fuerza en el Congreso lo que dañaron fue nuestra institucionalidad democrática, que se basa precisamente en la capacidad de resolver las diferencias políticas excluyendo para ello el uso de la fuerza.

La separación de poderes se basa en que el rol de la judicatura es el de funcionarios que tienen por misión interpretar y aplicar la ley. Es decir, es una labor técnica, para la que se preparan en la Academia Judicial y por la que deben hacer una larga carrera funcionaria. Sus opiniones personales, sus visiones políticas, sus relaciones de amistad o parentesco tienen que quedar fuera de los juicios que hacen.
Su rol es aplicar y proteger el estado de derecho, a través de una aplicación imparcial de la ley. Desde el momento que un juez deja que sus propias ideas políticas permeen sus decisiones judiciales, estamos en graves problemas. Es importante que la acción judicial tenga límites y cuáles son los parámetros por los cuales pueden tomarse este tipo de libertades. El mensaje que se entrega a la ciudadanía es nefasto, pues se consiente que una acción violenta, antidemocrática y fuera del ordenamiento jurídico sea premiada por un tribunal.

Por otro lado, en Chile el poder constituyente tiene un titular claro, es el Congreso Nacional, ese es el órgano que puede cambiar nuestra Constitución. Pretender privarle de hecho de esa atribución es ir en contra de nuestra democracia y nuestro estado de derecho. La historia nos muestra, partiendo por la de Chile, que los países que abren esa puerta entran a un camino incierto, generalmente violento y de mucho sufrimiento. Por eso es que lo ocurrido me resulta tan preocupante. Es insólito que el sistema de justicia, encargado de proteger la vigencia de la ley y de nuestro sistema jurídico institucional, a través de un juez, renuncie a su labor y trate de vender como un acuerdo reparatorio un premio a los agresores. Verdaderamente este acuerdo podría tener otros nombres, pero no el de reparatorio.

Para Tejemedios escribió:
CRISTINA BITAR
LICENCIADA EN CIENCIAS ECONÓMICAS 

LA IGLESIA DE FRANCISCO

El Papa Francisco ha comenzado a dar más señales de que su pontificado tiene el sello de cambio. Hace unas semanas se conoció de una entrevista que concedió a una revista jesuita en la cual hizo muchas declaraciones importantes e inéditas. Nadie puede anticipar la profundidad de los cambios que generará Bergoglio en la Iglesia, pero sus palabras y decisiones, desde ya, están provocando gran esperanza en los laicos que piden una iglesia más acorde a los tiempos que vivimos y más abierta a acoger a quienes, por diversas razones, se han apartado de algunas de sus definiciones, pero siguen manteniendo firme su fe.

Francisco no es un académico como su antecesor, ni tampoco un hombre de grandes multitudes y discursos encendidos, como Juan Pablo II. Lo suyo es el contacto simple y directo con los fieles, el lenguaje claro, la idea de una Iglesia como comunidad de hijos de Dios, donde la jerarquía es más un instrumento de acción que un objetivo en sí mismo.

Probablemente, desde que Paulo VI, en “Humanae Vitae” —contra la mayoría de la jerarquía del momento—, adoptó una definición frontal en contra de los métodos anticonceptivos “no naturales”, la Iglesia comenzó a transitar por una senda muy compleja, ya que, en mi opinión, ese momento marca una frontera a partir de la cual la moral sexual del magisterio se separó de la práctica de la inmensa mayoría de las personas y, lo que es más complejo, presumo que de una gran cantidad de católicos. Esa separación no se radicó en un punto banal, pues a partir de la píldora los métodos anticonceptivos marcan una nueva manera de vivir la sexualidad por parte de las mujeres en occidente. Esa liberación fue la puerta a través de la cual se redefinió también la percepción del matrimonio como una institución indisoluble y la noción de la planificación familiar comenzó a tener un alcance completamente diferente.

Lo concreto es que a partir de ahí la Iglesia quedó al margen de todos los cambios que siguieron y junto con ello se generó, en los hechos, una exclusión de la Iglesia de los católicos divorciados y de aquellos que de una u otra forma viven en una relación familiar diferente. En los últimos años esto ha venido a complejizarse aún más con la relevancia que adquirieron los preservativos como método de prevención del sida, la discusión actual sobre el matrimonio homosexual y todos los escándalos de pedofilia que han afectado a sacerdotes de gran cantidad de países del mundo.
En este contexto, lo que más sorprende de las últimas declaraciones del Papa Francisco es su alusión clara a la moral sexual y el rol que debe cumplir la Iglesia al respecto. Primero, reiteró sus palabras sobre la homosexualidad, diciendo que no le corresponde a él juzgar a nadie por su condición sexual, en la medida en que hagan el bien. Incluso profundizó el punto al plantear que Dios, al crearnos libres, no le entregó a la Iglesia injerencia espiritual en la vida personal. El Papa llama a una Iglesia que no sólo acoge y escucha, sino que sale a buscar y conversar con quienes se han alejado, propender al reencuentro y a entender sus razones.

Lo que el Papa busca es una Iglesia que deje de mirarse el ombligo y que no pretenda imponer sus visiones al otro. Esperemos que las anquilosadas estructuras de la Iglesia sepan cambiar al ritmo de este Papa, que no hace más que transmitir el mensaje de Cristo en su versión más original. Como él mismo repitió en la entrevista, el mensaje de Cristo es uno basado esencialmente en la libertad, por lo que mal hace la Iglesia tratando de coartarla a través de la imposición de sus doctrinas morales y dogmáticas.
La Iglesia de Francisco, con su ejemplo personal de sencillez —y con su mensaje claro y directo—, ha llamado por la creación de una Iglesia nueva, cercana a los excluidos y volcada hacia el mundo.

Para Tejemedios escribió:
CRISTINA BITAR
LICENCIADA EN CIENCIAS ECONOMICAS