LA IGLESIA DE FRANCISCO

El Papa Francisco ha comenzado a dar más señales de que su pontificado tiene el sello de cambio. Hace unas semanas se conoció de una entrevista que concedió a una revista jesuita en la cual hizo muchas declaraciones importantes e inéditas. Nadie puede anticipar la profundidad de los cambios que generará Bergoglio en la Iglesia, pero sus palabras y decisiones, desde ya, están provocando gran esperanza en los laicos que piden una iglesia más acorde a los tiempos que vivimos y más abierta a acoger a quienes, por diversas razones, se han apartado de algunas de sus definiciones, pero siguen manteniendo firme su fe.

Francisco no es un académico como su antecesor, ni tampoco un hombre de grandes multitudes y discursos encendidos, como Juan Pablo II. Lo suyo es el contacto simple y directo con los fieles, el lenguaje claro, la idea de una Iglesia como comunidad de hijos de Dios, donde la jerarquía es más un instrumento de acción que un objetivo en sí mismo.

Probablemente, desde que Paulo VI, en “Humanae Vitae” —contra la mayoría de la jerarquía del momento—, adoptó una definición frontal en contra de los métodos anticonceptivos “no naturales”, la Iglesia comenzó a transitar por una senda muy compleja, ya que, en mi opinión, ese momento marca una frontera a partir de la cual la moral sexual del magisterio se separó de la práctica de la inmensa mayoría de las personas y, lo que es más complejo, presumo que de una gran cantidad de católicos. Esa separación no se radicó en un punto banal, pues a partir de la píldora los métodos anticonceptivos marcan una nueva manera de vivir la sexualidad por parte de las mujeres en occidente. Esa liberación fue la puerta a través de la cual se redefinió también la percepción del matrimonio como una institución indisoluble y la noción de la planificación familiar comenzó a tener un alcance completamente diferente.

Lo concreto es que a partir de ahí la Iglesia quedó al margen de todos los cambios que siguieron y junto con ello se generó, en los hechos, una exclusión de la Iglesia de los católicos divorciados y de aquellos que de una u otra forma viven en una relación familiar diferente. En los últimos años esto ha venido a complejizarse aún más con la relevancia que adquirieron los preservativos como método de prevención del sida, la discusión actual sobre el matrimonio homosexual y todos los escándalos de pedofilia que han afectado a sacerdotes de gran cantidad de países del mundo.
En este contexto, lo que más sorprende de las últimas declaraciones del Papa Francisco es su alusión clara a la moral sexual y el rol que debe cumplir la Iglesia al respecto. Primero, reiteró sus palabras sobre la homosexualidad, diciendo que no le corresponde a él juzgar a nadie por su condición sexual, en la medida en que hagan el bien. Incluso profundizó el punto al plantear que Dios, al crearnos libres, no le entregó a la Iglesia injerencia espiritual en la vida personal. El Papa llama a una Iglesia que no sólo acoge y escucha, sino que sale a buscar y conversar con quienes se han alejado, propender al reencuentro y a entender sus razones.

Lo que el Papa busca es una Iglesia que deje de mirarse el ombligo y que no pretenda imponer sus visiones al otro. Esperemos que las anquilosadas estructuras de la Iglesia sepan cambiar al ritmo de este Papa, que no hace más que transmitir el mensaje de Cristo en su versión más original. Como él mismo repitió en la entrevista, el mensaje de Cristo es uno basado esencialmente en la libertad, por lo que mal hace la Iglesia tratando de coartarla a través de la imposición de sus doctrinas morales y dogmáticas.
La Iglesia de Francisco, con su ejemplo personal de sencillez —y con su mensaje claro y directo—, ha llamado por la creación de una Iglesia nueva, cercana a los excluidos y volcada hacia el mundo.

Para Tejemedios escribió:
CRISTINA BITAR
LICENCIADA EN CIENCIAS ECONOMICAS